Marta lleva ocho años vendiendo maquinaria de envasado a obradores. El martes tenía visita en Antequera: bollería congelada, quieren meter una envasadora nueva antes de la campaña de Navidad. Una hora y diez, con parada a mitad para ver la línea en plena limpieza y volver a sentarse con el café frío.
Al terminar abrió el portátil en el aparcamiento. La ficha estaba hecha:
- Nombre: Javier Rueda
- Empresa: el obrador, con razón social, que la soltó una sola vez hablando del leasing anterior
- Cargo: responsable de producción y también de compras desde enero
- Presupuesto: tope de 100.000, con 95.000 realmente disponibles
- Plazo: instalada y validada a finales de octubre
Ninguno de esos cinco datos se dijo como un dato
Nadie se sienta enfrente y te dicta su ficha. El cargo apareció de pasada, quejándose: «desde enero también llevo compras, o sea que el marrón es mío entero». La razón social salió en un inciso sobre el leasing de la línea vieja. Y el presupuesto llegó así, en mitad de otra cosa:
De los trescientos de la línea nos quedan noventa y cinco, y el gerente no quiere que pasemos de cien.
Eso es una resta hecha en voz alta, no un campo de formulario. El plazo ni siquiera era una fecha: era «antes de que empiece el roscón», y quien conoce el sector sabe traducirlo. El copiloto lo traduce igual, porque estaba escuchando la conversación entera y no sólo el trozo donde alguien dice la palabra «presupuesto».
Y ahora la parte que no se suele contar
Vuelve a leer la frase del gerente. Ahí dentro hay cuánto le sobró a ese obrador de una inversión anterior, quién le ha puesto el techo y a qué proveedor están a punto de dejar de comprar. Javier se lo cuenta a Marta porque lleva tres años tratando con ella. No se lo está contando a una empresa de transcripción que ninguno de los dos ha elegido.
Con un transcriptor en la nube, esa hora y diez de audio sube a un servidor de un tercero, se queda en un bucket, pasa por un log, y a lo mejor algún día entra en un correo de aviso de brecha. Marta no puede prometer lo que no controla, y lo sabe.
Por eso la diferencia que importa no es entre «no guardamos tus datos» y «los guardamos poco tiempo». Es entre eso y que no haya nada que enviar. El modelo baja una vez al navegador y a partir de ahí el audio, la transcripción y la extracción de la ficha ocurren en la pestaña, en la GPU del propio portátil. No hay petición que auditar porque no hay petición.
Marta subió al CRM los cinco campos y el resumen que ella revisó. El comentario sobre el gerente, el nombre del proveedor al que quieren sustituir y los diez minutos de charla sobre la avería de la encajadora se quedaron donde se dijeron: en una sala de un obrador de Antequera y en un portátil que no le ha mandado eso a nadie.
Abre Elffuss Copiloto en el navegador antes de tu próxima visita: escucha la reunión, saca la ficha y te la deja lista para el CRM sin subir ni un segundo de audio a ningún servidor.
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